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Más allá del frente: las feministas españolas que rehúsan pelear en la guerra que les asignaron

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Más allá del frente: las feministas españolas que rehúsan pelear en la guerra que les asignaron

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Cuando una pensadora feminista es cuestionada simultáneamente desde las tribunas conservadoras y desde los foros de activismo progresista, algo significativo está ocurriendo. No necesariamente que se haya equivocado, sino que ha encontrado un lugar incómodo, un punto de enunciación que no encaja con ninguno de los bandos que llevan décadas repartiéndose el territorio del debate sobre el género. En España, ese lugar existe. Y quienes lo habitan no lo hacen por comodidad, sino por convicción.

La polarización del feminismo español en los últimos años ha generado una paradoja curiosa: mientras el debate público se volvía más ruidoso, ciertos matices desaparecían del mapa. La disputa entre el llamado feminismo abolicionista y el feminismo más ligado a las teorías queer y trans, que alcanzó su punto de mayor visibilidad en torno a la tramitación de la Ley Trans, dejó a muchas mujeres sintiéndose exiliadas de un movimiento que, en teoría, debería representarlas. No porque estuvieran de acuerdo con el patriarcado, sino porque tampoco reconocían como propias ciertas lógicas de trinchera que parecían reproducir, en otro registro, la misma dinámica binaria que el feminismo siempre prometió desmontar.

El feminismo como campo de batalla propio

La filósofa María Luisa Maillard, ensayistas como Remedios Zafra o pensadoras vinculadas a espacios como el Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense llevan años trabajando en una zona que podríamos llamar de complejidad sostenida. No se trata de equidistancia —ese vicio intelectual que consiste en no posicionarse para no ofender a nadie— sino de algo bien distinto: la negativa a simplificar cuando la realidad exige más de dos categorías.

Zafra, cuya obra sobre la economía de la atención y el trabajo invisible de las mujeres en la cultura digital ha tenido una recepción internacional notable, propone un feminismo que no puede desligarse del análisis de las condiciones materiales de producción simbólica. Su mirada no cabe cómodamente ni en el feminismo más identitario ni en el más esencialista: exige pensar el cuerpo, el trabajo, la visibilidad y el poder como un sistema complejo donde el género es una variable determinante pero no la única.

Alianzas improbables como metodología

Una de las características más llamativas de este feminismo de tercera orilla es su disposición a construir alianzas con interlocutores inesperados. Hay activistas que dialogan con pensadores del ecofeminismo latinoamericano, con teólogos de la liberación, con comunidades rurales que llevan décadas practicando formas de organización colectiva que el feminismo urbano apenas está descubriendo. Hay académicas que encuentran más puntos en común con el comunitarismo crítico que con ciertos liberalismos de mercado que han colonizado parte del discurso feminista mainstream.

Este gesto de alianza improbable no es ingenuidad política. Es, en muchos casos, una estrategia consciente para escapar de la lógica del enfrentamiento binario que convierte cada debate en una guerra de posiciones donde lo que importa no es pensar mejor sino ganar terreno. La terceridad, en este contexto, no es un punto medio entre dos extremos: es una posición desde la que se puede ver la trampa que los dos extremos comparten.

El dogmatismo como enemigo interior

Quizás el gesto más valiente de estas pensadoras es el de señalar el dogmatismo allí donde aparece, incluso cuando surge dentro del propio movimiento feminista. Cuestionar ciertos consensos internos no es traicionar la causa; es tomársela en serio. La filósofa Amelia Valcárcel, una de las voces más influyentes del feminismo español de las últimas décadas, ha insistido en que la historia del feminismo es precisamente la historia de un pensamiento que se ha rehecho a sí mismo en cada generación, que ha sabido reconocer sus propios puntos ciegos.

Esa capacidad autocrítica, que fue una fortaleza del movimiento durante décadas, corre el riesgo de perderse cuando la urgencia política convierte cualquier duda interna en una sospecha de traición. En un contexto donde las redes sociales recompensan la radicalidad expresiva y penalizan la matización, mantener espacios de pensamiento genuinamente abierto se ha vuelto un acto casi contracultural.

El cuerpo como territorio no resuelto

Uno de los nudos más productivos de este feminismo de tercera orilla es la pregunta por el cuerpo. Ni el esencialismo biológico que reduce la identidad femenina a la anatomía, ni el constructivismo más radical que disuelve cualquier referencia material en puro discurso: hay pensadoras españolas que trabajan en ese espacio intermedio, explorando cómo el cuerpo es simultáneamente un hecho material y una construcción cultural, sin que ninguna de las dos dimensiones cancele a la otra.

Este abordaje tiene consecuencias prácticas muy concretas. Afecta a cómo se piensa la violencia de género, la salud reproductiva, el trabajo de cuidados o la experiencia del envejecimiento femenino. Afecta también a cómo se construyen solidaridades entre mujeres que tienen experiencias corporales muy distintas pero que comparten estructuras de opresión que las atraviesan de formas comparables aunque no idénticas.

Pensar desde el margen del margen

Hay algo que distingue a estas voces de las que simplemente buscan una posición de centro cómodo: su disposición a asumir el coste de la incomodidad. No es fácil ser cuestionada por los dos lados al mismo tiempo. No es sencillo mantener una posición que exige más explicación que un eslogan, que no puede resumirse en una pancarta ni en un tuit de cien caracteres. Pero es precisamente esa dificultad la que le da a este pensamiento su valor.

La terceridad no es una solución al conflicto de género. No pretende resolver la tensión entre patriarcado y emancipación con una fórmula elegante. Lo que ofrece es algo diferente y, en cierto modo, más honesto: un método de pensamiento que se niega a reducir la complejidad de la experiencia humana a un enfrentamiento entre dos bloques.

En un momento en que la política española tiende a organizarse en torno a identidades cada vez más rígidas y a debates cada vez más binarios, estas feministas que rehúsan pelear en la guerra que les asignaron están haciendo algo que va más allá del feminismo: están practicando una forma de inteligencia colectiva que el conjunto de la sociedad necesita aprender.

Porque la pregunta no es solo de qué lado estás. La pregunta más difícil, y la más necesaria, es qué ocurre en el espacio que ninguno de los dos lados ha sabido nombrar todavía.

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