La maleta que nunca se deshace: vivir en el umbral entre dos países sin pertenecer del todo a ninguno
Existe una imagen que muchos españoles que viven fuera reconocerían de inmediato: la maleta colocada en un rincón del dormitorio, no del todo vacía, no del todo llena. No es descuido ni desorden. Es, en cierto modo, una declaración filosófica. Una forma de decir que la partida aún no ha concluido y que el regreso tampoco ha comenzado.
Esta figura —la del viajero que habita perpetuamente el espacio entre la salida y la llegada— no es una rareza estadística. Es una condición que, en los últimos veinte años, se ha convertido en una experiencia generacional para miles de españoles que emigraron durante la crisis económica, o antes, o después, y que hoy no saben muy bien cómo responder cuando alguien les pregunta de dónde son.
El aeropuerto como metáfora de vida
Los aeropuertos son, por definición, espacios de tránsito. Nadie vive en ellos; se pasa por ellos. Y sin embargo, hay quienes han convertido esa lógica de tránsito en el principio organizador de su existencia. No como fracaso, sino como elección —a veces consciente, a veces no— de habitar el entre.
Marta, diseñadora gráfica sevillana afincada en Ámsterdam desde hace nueve años, lo describe con una precisión que no admite adornos: «Cuando estoy en Holanda, me siento española. Cuando vuelvo a Sevilla, me siento extranjera. No es angustia; es que me he acostumbrado a que ningún lugar me encaje del todo, y en ese desencaje he encontrado algo parecido a la libertad».
Esa libertad, sin embargo, no es gratuita. Tiene un coste emocional que se paga en conversaciones incómodas en Navidades, en la sensación de que los amigos de aquí y los de allá pertenecen a versiones distintas de uno mismo, en la dificultad de explicar a los padres por qué no se vuelve, o de explicar a los colegas extranjeros por qué tampoco se termina de quedar.
Ni diáspora ni retorno: la tercera categoría
La sociología de la migración ha tendido a operar con categorías binarias: el que se va y el que vuelve, el integrado y el desarraigado, el emigrante y el repatriado. Pero estas categorías resultan insuficientes para describir una experiencia que se resiste a la resolución.
El filósofo indio Homi Bhabha acuñó el concepto de «tercer espacio» para referirse a ese lugar de negociación cultural donde las identidades no se suman sino que se transforman. Lo que Bhabha describió en términos poscoloniales tiene una resonancia sorprendentemente directa en la experiencia de muchos migrantes españoles contemporáneos: no son ni de aquí ni de allá, pero esa negación doble no los deja en el vacío, sino en un espacio propio con su propia gramática.
Carlos, economista madrileño que lleva doce años en Berlín y que hace cuatro abrió una empresa de consultoría que trabaja simultáneamente con clientes alemanes y españoles, lo formula en términos más pragmáticos: «Mi valor añadido es precisamente que no soy de ningún sitio del todo. Entiendo los dos sistemas, los dos modos de negociar, los dos ritmos. Si me hubiera integrado del todo en Alemania, habría perdido esa capacidad de traducción».
El precio de la indefinición
Sería deshonesto presentar esta condición liminal únicamente como ventaja. La indefinición tiene sus propias sombras, y quienes la habitan lo saben bien.
La sensación de no tener raíces sólidas puede traducirse en dificultad para comprometerse: con lugares, con proyectos, con personas. Hay quien describe una especie de levedad crónica, una incapacidad de tomarse del todo en serio en ningún contexto porque siempre existe la posibilidad implícita de que todo sea provisional. La pertenencia, cuando se fragmenta, puede dejar de ser un ancla y convertirse en una pregunta que nunca termina de responderse.
Ana, escritora valenciana residente en Buenos Aires desde hace siete años, habla de ello con una franqueza que incomoda un poco: «Hay días en que envidio a los que saben exactamente de dónde son. Esa certeza que a mí me parece estrecha, a veces la necesito. El tercer espacio es muy rico, pero también es muy solitario».
La identidad como obra en proceso
Y sin embargo, algo ocurre en esa soledad que merece atención. Quienes han aprendido a habitar el umbral —no como etapa transitoria sino como condición estable— desarrollan con frecuencia una relación con la identidad radicalmente distinta a la de quienes nunca se han movido. La identidad deja de ser un dato heredado para convertirse en una construcción activa, revisable, nunca del todo terminada.
Esta concepción, que la filosofía contemporánea lleva décadas defendiendo en abstracto, se vuelve experiencia concreta en el cuerpo de quien ha tenido que negociar quién es en dos idiomas, en dos sistemas de valores, en dos calendarios festivos. No es una conclusión intelectual: es algo que se aprende a vivir.
Jorge, músico bilbaíno que reside en Londres y que compone mezclando tradiciones del folk vasco con electrónica británica, lo dice con una imagen que se queda: «Mi música no es de ningún sitio porque es de los dos. Y eso, que durante años me pareció un defecto, ahora es lo único que me parece verdadero».
El regreso como elección, no como destino
Una de las preguntas que más frecuentemente se hacen estos viajeros permanentes es si algún día volverán. La respuesta, cuando se les deja elaborarla sin prisa, suele ser más compleja que un sí o un no.
Muchos describen un regreso posible pero no necesario, un retorno que ya no sería una vuelta al origen sino una nueva llegada a un lugar que también ha cambiado. España no es la misma que dejaron; ellos tampoco son los mismos que partieron. El reencuentro, si se produce, sería entre dos entidades transformadas, y esa transformación mutua hace que la categoría del «regreso» pierda buena parte de su sentido.
En ese sentido, la condición liminal no es una fase de espera sino un modo de existencia con su propia dignidad. Vivir en el aeropuerto emocional de la migración no significa estar atrapado: significa haber encontrado, quizás sin buscarlo, un lugar que ningún mapa recoge pero que es, a su manera, tan real como cualquier otro.
La maleta en el rincón no es señal de indecisión. Es, tal vez, la forma más honesta de reconocer que la vida no siempre cabe en una sola dirección.