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El apellido como acto político: las familias que se niegan a heredar en dos líneas

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El apellido como acto político: las familias que se niegan a heredar en dos líneas

Hay algo profundamente simbólico en el acto de nombrar. Cuando un niño recibe sus apellidos al nacer, no solo se le inscribe en un registro civil: se le sitúa en una coordenada dentro de un sistema que lleva siglos funcionando con una lógica precisa. Dos apellidos, dos líneas, dos familias. El primero del padre, el segundo de la madre. Una fórmula que parece neutral pero que, como toda fórmula, esconde una jerarquía. Y hay quienes, cada vez más, se niegan a aceptarla sin cuestionarla.

En los últimos años, varios juzgados españoles han recibido solicitudes de familias que piden transmitir tres apellidos a sus hijos, o que reclaman el derecho a reordenar el orden tradicional de manera que no responda a la primacía del apellido paterno. Lo que desde fuera puede parecer una disputa burocrática es, en realidad, un gesto cargado de significado: el intento de construir una identidad nominal que no quepa en ninguno de los dos cajones previstos por la ley.

La gramática del linaje y sus fisuras

El sistema de apellidos español, regulado por la Ley del Registro Civil, fue reformado en 2011 para permitir que los progenitores decidan el orden de los apellidos de mutuo acuerdo. Fue un avance notable, pero insuficiente para quienes habitan realidades familiares más complejas. Familias reconstituidas, adopciones tardías, hijos de progenitores con identidades plurales o migrantes que desean conservar su propia tradición patronímica encuentran que la ley sigue pensando en dos, cuando su vida ocurre en tres o más dimensiones.

El caso de la familia Arroyo-Vidal-Serrano, en Valencia, se hizo conocido en los círculos jurídicos especializados cuando en 2019 intentaron inscribir a su hijo con los tres apellidos que, según ellos, representaban las tres ramas familiares que habían contribuido a su crianza. El juzgado lo denegó. Apelaron. El proceso se prolongó durante dos años y terminó sin el resultado que buscaban, pero generó un debate que todavía resuena en despachos de abogados y en foros de filosofía del derecho.

"El sistema no está pensado para dar cabida a lo que no encaja", explicó en su momento la abogada que llevó el caso. "Y cuando alguien fuerza esa grieta, el sistema responde con sus propias reglas, no con una reflexión sobre si esas reglas tienen sentido."

Cuando el nombre es una declaración de principios

Pero no todas estas historias nacen de circunstancias excepcionales. Algunas familias, plenamente convencionales en su estructura, han decidido reclamar un tercer apellido como acto deliberado de cuestionamiento cultural. En Cataluña, donde la identidad lingüística y la memoria histórica están especialmente entrelazadas con el nombre propio, hay casos documentados de familias que han intentado recuperar apellidos perdidos durante el franquismo —catalanizados, castellanizados a la fuerza o directamente suprimidos— y añadirlos a la cadena nominal como una forma de reparación simbólica.

Esta dimensión política del apellido no es nueva. En muchas culturas, el nombre compuesto es la norma, no la excepción. En los países de tradición anglosajona, el uso del apellido materno como segundo nombre es habitual. En Islandia, el sistema patronímico no transmite apellidos familiares en absoluto: cada generación crea el suyo. En algunos países latinoamericanos, las tradiciones indígenas de denominación chocan constantemente con los sistemas registrales heredados de la colonización. España, sin embargo, sigue anclada en una binaridad que, a ojos de muchas familias, ya no describe su realidad.

La terceridad en el nombre propio

Desde la perspectiva que orienta este medio, lo que resulta más interesante de estos casos no es tanto el debate jurídico como la pregunta filosófica que los subyace. ¿Por qué asumimos que la identidad debe heredarse en dos líneas? ¿Qué se pierde cuando obligamos a una persona a elegir entre dos ramas de su historia, o cuando le negamos la posibilidad de reconocer una tercera?

El filósofo Charles Sanders Peirce, fundador del concepto de terceridad, sostenía que la realidad no se agota en la relación entre dos términos. Siempre existe un tercero que media, que complica, que enriquece. Aplicado al apellido, esta idea sugiere que el linaje binario no es una descripción objetiva de la identidad, sino una simplificación impuesta por conveniencia administrativa. Y toda simplificación, cuando se vuelve obligatoria, se convierte en una forma de violencia simbólica.

No se trata de romantizar la complejidad por sí misma. Hay razones prácticas para que los sistemas registrales funcionen con reglas claras. Pero hay una diferencia entre la claridad y la rigidez, entre la norma y la jaula. Lo que estas familias están señalando, muchas veces sin articularlo en esos términos, es que la jaula ya no tiene el tamaño de su vida.

Los hijos que llevan el mapa completo

Hay algo profundamente revelador en la insistencia de algunos padres y madres por transmitir ese tercer apellido. En muchos casos, no se trata de un capricho ni de una rebeldía estética: es el reconocimiento de que una persona no se reduce a dos líneas de sangre, que la identidad es siempre más vasta que cualquier esquema que pretenda contenerla.

Una madre de origen marroquí afincada en Sevilla lo explicaba con claridad meridiana en una entrevista reciente: "Mi hija tiene apellidos de aquí y de allá. Si le doy solo dos, estoy eligiendo por ella qué parte de su historia importa. No quiero hacer esa elección."

Esta resistencia a elegir es, en sí misma, una postura filosófica. Elegir entre dos es aceptar que solo hay dos. Y hay familias, cada vez más, que saben que no.

Un registro que no alcanza

El Ministerio de Justicia ha recibido en los últimos años varias propuestas de reforma del sistema de apellidos, algunas provenientes de asociaciones de familias diversas, otras de colectivos feministas que señalan que incluso la reforma de 2011 no elimina del todo la primacía simbólica del apellido paterno. Hasta ahora, ninguna de esas propuestas ha prosperado con la suficiente fuerza como para modificar la ley.

Mientras tanto, las familias que se niegan a caber en dos apellidos siguen litigando, negociando, buscando resquicios legales. Algunas lo consiguen mediante la recuperación de apellidos compuestos, otras a través de la adopción de apellidos históricos. La mayoría, sin embargo, se topan con la misma respuesta: el sistema no está diseñado para esto.

Pero quizás esa sea, precisamente, la pregunta más importante. No si el sistema puede acomodar tres apellidos, sino por qué sigue pensando que dos son suficientes para describir a una persona. La respuesta, como casi siempre ocurre con las preguntas más incómodas, no está en ninguno de los dos lados del debate. Está en el espacio que ambos lados se niegan a habitar.

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