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Criar desde el vacío: los padres que renuncian a moldear las certezas de sus hijos

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Criar desde el vacío: los padres que renuncian a moldear las certezas de sus hijos

Hay una frase que Marta, profesora de filosofía en Zaragoza y madre de dos hijos adolescentes, repite con frecuencia cuando alguien le pregunta por su manera de educar: «Yo no quiero que piensen como yo. Quiero que aprendan a pensar». La frase suena sencilla, casi un lugar común pedagógico. Pero en la práctica, lo que Marta ha construido en su hogar es algo mucho más exigente y perturbador: un espacio donde las certezas de los adultos no se heredan, sino que se suspenden deliberadamente para dejar sitio a lo que aún no tiene nombre.

Esta modalidad de crianza —que no tiene etiqueta oficial, aunque algunos la llaman «educación en apertura» o simplemente «crianza sin dogma»— está ganando visibilidad en círculos urbanos españoles, especialmente entre generaciones que vivieron de cerca las consecuencias de los absolutismos ideológicos o religiosos de sus propios progenitores. No se trata de indiferencia ni de dimisión parental. Se trata, más bien, de una apuesta consciente por el tercer espacio: ese territorio entre la transmisión y el abandono donde el hijo construye desde la incertidumbre, no desde la certeza prestada.

La renuncia como acto de amor

Para entender esta práctica, conviene distinguirla de lo que no es. No es relativismo moral ni ausencia de valores. Los padres que la adoptan suelen tener convicciones muy firmes —políticas, éticas, espirituales— pero eligen conscientemente no convertirlas en el molde dentro del cual debe crecer su hijo. La diferencia es sutil pero decisiva: entre enseñar cómo pensar y enseñar qué pensar existe una brecha que, para estas familias, representa el núcleo de lo que significa respetar a una persona en formación.

Carlos, ingeniero de cuarenta y dos años en Madrid, creció en una familia del Opus Dei. Su infancia transcurrió bajo la certeza de que el mundo tenía una forma precisa y que su tarea era encajar en ella. «Cuando tuve a mi hija, lo primero que decidí fue que no iba a repetir eso. No porque la fe sea mala en sí misma, sino porque yo no tuve elección. Y una fe que no se elige no es fe: es una jaula con buena tapicería». Hoy su hija tiene catorce años y ha pasado por fases de interés por el budismo, el ateísmo y, recientemente, por cierta espiritualidad pagana que a Carlos le resulta extraña. «Me cuesta. Claro que me cuesta. Pero es suya».

Las fricciones que genera el vacío

Esta decisión rara vez se toma sin coste. Las familias extendidas suelen ser el primer frente de tensión. Los abuelos —muchos de ellos formados en la España de la unanimidad ideológica o religiosa— interpretan la neutralidad de los padres como negligencia, cuando no como una traición a la identidad familiar. «Mi madre me dice que estoy criando a mis hijos en la nada», cuenta Lucía, diseñadora gráfica en Barcelona. «Y yo le explico que la nada no existe. Que lo que estoy haciendo es dejarles espacio para que encuentren su propio algo».

Las críticas no provienen únicamente del entorno conservador. También desde posiciones progresistas se cuestiona esta práctica: ¿no es acaso una forma de privilegio poder permitirse la neutralidad? ¿No transmitir conciencia política a los hijos en un mundo marcado por la desigualdad, ¿no es ya una postura política en sí misma? La pregunta es legítima y estos padres la afrontan con grados variables de incomodidad. Algunos responden que hay una diferencia entre transmitir herramientas críticas —que sí hacen— y transmitir conclusiones cerradas. Otros admiten la contradicción y la asumen como parte del precio de la coherencia.

Lo que crece en el espacio dejado en blanco

Lo más sorprendente de esta forma de criar, según quienes la practican, no son las tensiones que genera sino los frutos inesperados que produce. Los hijos educados en este vacío intencional tienden a desarrollar una relación diferente con la autoridad intelectual: no la rechazan por principio ni la acatan por inercia, sino que la interrogan con una naturalidad que a sus padres, a veces, les resulta desconcertante.

Alejandro tiene diecisiete años y sus padres —un historiador y una psicóloga de Sevilla— nunca le dijeron en qué partido debía creer ni si Dios existía. Hoy Alejandro se define como «agnóstico con simpatías anarquistas», aunque admite que la etiqueta le queda grande. «Mis amigos del colegio tienen muy claro lo que piensan porque sus familias se lo dijeron. Yo tuve que construirlo solo, y eso a veces da miedo. Pero cuando llego a algo, sé que es mío». Esa sensación de propiedad sobre las propias convicciones es, quizás, la ganancia más difícil de cuantificar y la más transformadora.

El tercer camino entre la transmisión y el abandono

La terceridad, como concepto, no implica ausencia. Implica la construcción de un espacio alternativo que no es ni el polo de la imposición ni el de la dejadez. Los padres que crían desde el vacío intencional no están, en rigor, transmitiendo nada: están transmitiendo una actitud ante el conocimiento, una disposición a la pregunta, una tolerancia a la incomodidad de no saber. Y eso, paradójicamente, puede ser la herencia más poderosa de todas.

No existe un manual para esta forma de criar. No hay gurú que la sistematice ni movimiento organizado que la reivindique. Se practica en la intimidad de los hogares, con dudas, con contradicciones, con momentos en que los padres tienen que morderse la lengua cuando su hijo defiende algo que les parece equivocado. Esa contención —ese esfuerzo por no colonizar la mente del otro aunque se tenga la autoridad para hacerlo— es, tal vez, uno de los ejercicios más exigentes que puede proponerse un adulto.

Marta, la profesora de filosofía de Zaragoza, lo resume con una imagen que le gusta usar en clase: «Los pájaros no enseñan a sus crías adónde volar. Les enseñan a volar. El destino lo eligen ellos». Es una metáfora imperfecta, como todas las metáforas. Pero apunta hacia algo real: que hay formas de amar que consisten, sobre todo, en saber retirarse a tiempo para dejar que el otro llegue a sí mismo por sus propios medios.

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