El gris como destino: personajes moralmente irresolubles en la fantasía escrita en español
Photo: Henrique Alvim Correa, Public domain, via Wikimedia Commons
Hay una trampa cómoda en la que cae con frecuencia la literatura de fantasía: la trampa de la claridad moral. El bien tiene rostro reconocible, el mal también, y el lector avanza por el relato con la seguridad del que conoce de antemano el veredicto. Esta comodidad tiene su encanto, pero también su precio: empobrece la experiencia de lectura y, lo que es más grave, empobrece nuestra comprensión de lo humano.
La tradición fantástica escrita en español —tanto en la Península Ibérica como en América Latina— ha producido, especialmente en las últimas décadas, una respuesta a esa trampa. Una respuesta que no consiste en invertir los papeles —hacer del villano el héroe y viceversa— sino en disolver la distinción misma. En poblar sus páginas de figuras que habitan ese territorio incómodo donde la moral no ofrece respuestas claras, solo preguntas cada vez más afiladas.
Esto es, en su sentido más profundo, una apuesta por la terceridad narrativa.
Cuando el antihéroe no es suficiente
Conviene distinguir desde el principio entre el antihéroe convencional y el personaje moralmente irresoluble. El antihéroe es, en muchos casos, un héroe disfrazado de cínico: alguien que actúa bien por razones aparentemente equivocadas, o que llega al bien después de un recorrido tortuoso. Su arco narrativo suele desembocar en una redención que restaura el orden moral del relato.
El personaje moralmente irresoluble es otra cosa. No se redime porque no hay nada que redimir: sus actos buenos y sus actos malos no se cancelan entre sí, sino que coexisten sin resolución. El lector termina el libro sin saber si debe admirarlo o condenarlo, y esa incomodidad es precisamente el punto.
La fantasía hispánica contemporánea ha encontrado en este tipo de figura uno de sus territorios más fértiles.
Santiago de Valdés y la ética del superviviente
La obra del escritor chileno Jorge Baradit, especialmente su Trilogía de la Historia Secreta de Chile, aunque se mueve en los límites entre la ficción histórica y la ucronía, ofrece personajes que encarnan esta ambigüedad de manera perturbadora. Sus protagonistas son, con frecuencia, individuos atrapados entre lealtades incompatibles, entre la supervivencia personal y la responsabilidad colectiva, entre la complicidad con el poder y la resistencia al mismo.
Baradit no construye sus dilemas morales desde la filosofía abstracta, sino desde la historia concreta de Chile: la conquista, la colonia, los golpes de Estado, la dictadura. Sus personajes no eligen entre el bien y el mal en abstracto; eligen entre males concretos, en circunstancias que no eligieron. Y esa elección —siempre impura, siempre costosa— es lo que les otorga una humanidad que los héroes inmaculados nunca podrían tener.
La fantasía española y el peso de la historia
En España, la narrativa fantástica ha encontrado en el pasado histórico un terreno especialmente propicio para la ambigüedad moral. La Reconquista, la Inquisición, la Guerra Civil: periodos en los que la línea entre víctima y verdugo se desdibujaba con una facilidad aterradora.
Autores como Víctor Conde o Javier Negrete han explorado mundos de fantasía donde los sistemas de valores en conflicto no tienen un ganador moral evidente. Sus personajes no pueden apelar a una ley universal que los absuelva o los condene: deben construir su propia ética en tiempo real, con los materiales defectuosos que les ofrece su mundo.
Esta tradición conecta, de manera no siempre explícita, con la mejor literatura española del siglo XX: con la novela picaresca, con Galdós, con Unamuno. La pregunta por la identidad moral del individuo en un mundo que no ofrece garantías es, en cierto sentido, una pregunta muy ibérica.
La fantasía latinoamericana y el realismo de lo imposible
En América Latina, la ambigüedad moral en la fantasía tiene una genealogía distinta, aunque igualmente rica. El realismo mágico —esa forma de narrar donde lo sobrenatural y lo cotidiano conviven sin asombro— creó personajes cuya moral era, desde el principio, una cuestión de perspectiva cultural más que de principios universales.
La fantasía latinoamericana contemporánea ha heredado esa lección y la ha llevado más lejos. Escritoras como Liliana Bodoc —cuya Saga de los Confines es una de las obras de fantasía épica más importantes escritas en español— construyen mundos donde la pregunta no es quién tiene razón, sino cómo conviven las razones incompatibles. Sus personajes no son buenos o malos: son portadores de cosmovisiones distintas que chocan con consecuencias trágicas para todos.
Esta perspectiva tiene una dimensión política que no conviene ignorar. En sociedades marcadas por la colonización y la imposición cultural, la fantasía que rechaza el juicio moral unilateral es también una forma de resistencia epistemológica: una negativa a aceptar que hay un solo punto de vista desde el que medir a los seres humanos.
La tercera opción moral: no la neutralidad, sino la complejidad
Importa aclarar que la ambigüedad moral en la ficción no equivale a relativismo ético. No se trata de afirmar que todo da igual, que el bien y el mal son construcciones intercambiables. Se trata de algo más exigente: reconocer que los seres humanos reales raramente encarnan de manera pura ninguno de los dos polos, y que una literatura que los obligue a hacerlo miente sobre la condición humana.
La tercera opción moral que propone la mejor fantasía en español no es la neutralidad cómoda del que no toma partido. Es la complejidad incómoda del que toma partido sabiendo que su partido también tiene sombras. Es el personaje que hace el bien por razones parcialmente egoístas, o que comete una injusticia para evitar una injusticia mayor, o que simplemente no sabe —y el narrador tampoco— si lo que hizo fue correcto.
Esa incertidumbre, bien narrada, es más honesta que cualquier claridad moral prefabricada. Y en un mundo que tiende a simplificar cada conflicto en dos bandos irreconciliables, la literatura que se niega a hacerlo cumple una función que va más allá del entretenimiento: nos entrena para vivir en la complejidad.
La fantasía en lengua española, con su mezcla de historia densa, diversidad cultural y tradición filosófica propia, tiene los materiales para ser una de las literaturas más ricas en este tipo de exploración. Solo hace falta seguir leyéndola —y escribiéndola— con esa exigencia.