Ni izquierda ni derecha: las terceras vías que reescribieron la política latinoamericana
Photo: United States. Central Intelligence Agency, Public domain, via Wikimedia Commons
El hemiciclo parlamentario occidental lleva dos siglos dividido por una línea imaginaria. A un lado, la derecha; al otro, la izquierda. Esta geometría, nacida en los salones de la Asamblea Nacional francesa de 1789, viajó a América Latina con el equipaje del colonialismo cultural y se instaló como si fuera la única manera posible de organizar el desacuerdo político. Sin embargo, el subcontinente ha producido, una y otra vez, movimientos que se negaron a sentarse en ninguno de esos dos escaños. Movimientos que apostaron por un tercer espacio: incómodo, inclasificable, pero extraordinariamente fértil.
Este artículo no pretende reivindicar ninguna de estas experiencias de manera acrítica. Pretende algo más ambicioso: entender cómo se construye una identidad política cuando se rechaza la etiqueta binaria, y qué consecuencias —algunas luminosas, otras sombrías— trae consigo esa apuesta por la terceridad.
El peronismo o la paradoja de la identidad sin orillas
Pocos fenómenos ilustran mejor esta cuestión que el peronismo argentino. Surgido en la década de 1940 bajo el liderazgo de Juan Domingo Perón, el movimiento descolocó a analistas y adversarios desde el primer momento. Era obrerista, pero no marxista. Era nacionalista, pero no fascista —aunque tomara prestados algunos gestos estéticos del fascismo europeo—. Reivindicaba la soberanía nacional frente al imperialismo anglosajón, pero tampoco encajaba en el antiimperialismo de izquierda que por entonces articulaba el Partido Comunista argentino.
Perón lo llamó explícitamente "la tercera posición": una doctrina que rechazaba tanto el capitalismo liberal como el comunismo soviético, y que aspiraba a construir una comunidad organizada en torno a la justicia social sin renunciar a la propiedad privada ni al papel rector del Estado. Era, en su formulación más honesta, una síntesis que no satisfacía plenamente a nadie y que, precisamente por eso, podía apelar a casi todos.
Lo revelador no es si Perón tenía razón o no. Lo revelador es que esa ambigüedad constitutiva se convirtió en la mayor fortaleza del movimiento. El peronismo sobrevivió décadas, gobiernos militares, exilios y escisiones internas precisamente porque su identidad no dependía de una doctrina fija, sino de una tensión permanente entre polos opuestos. Era un espacio político que se definía por lo que rechazaba tanto como por lo que afirmaba.
El indigenismo político: cuando la terceridad es ontológica
Si el peronismo construyó su terceridad desde arriba —desde el liderazgo carismático y el aparato del Estado—, los movimientos indígenas latinoamericanos del siglo XX y XXI la han construido desde abajo, desde la comunidad, desde la cosmovisión.
La emergencia del Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia, que llevó a Evo Morales a la presidencia en 2006, o el papel del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas desde 1994, representan algo cualitativamente distinto a un simple desplazamiento en el espectro ideológico. Estos proyectos no se limitan a ocupar un punto intermedio entre la socialdemocracia y el comunismo: proponen categorías de pensamiento político que no tienen equivalente en la tradición europea.
El "Buen Vivir" o Sumak Kawsay quechua, por ejemplo, no es ni el bienestar liberal —centrado en el individuo y el consumo— ni el bienestar colectivista —centrado en la clase y la producción—. Es una noción relacional del florecimiento humano que incluye a la naturaleza como sujeto de derechos y que mide el progreso en términos de equilibrio comunitario, no de acumulación. Frente a este concepto, la dicotomía izquierda-derecha no solo resulta insuficiente: resulta irrelevante.
El EZLN, por su parte, acuñó la idea de "mandar obedeciendo", una forma de autoridad política que invierte la lógica representativa occidental. No se trata de elegir un líder que decida por la comunidad, sino de que el líder ejecute lo que la comunidad ha deliberado. Esta inversión no es de izquierda ni de derecha: es genuinamente otra cosa.
El populismo como espejo roto
Es necesario, sin embargo, introducir una advertencia. La terceridad política no es intrínsecamente virtuosa. El rechazo del eje binario también puede ser la coartada para proyectos autoritarios que se presentan como superadores de las divisiones "artificiales" para concentrar el poder en manos de un líder o una facción.
El chavismo venezolano, el fujimorismo peruano o el varguismo brasileño en sus fases más autoritarias comparten con los ejemplos anteriores el gesto de rechazar la etiqueta izquierda-derecha, pero lo hacen para disolver la oposición política en general, no para enriquecerla. La diferencia entre una terceridad emancipadora y una terceridad autoritaria no está en el rechazo del binomio, sino en lo que se propone en su lugar: ¿un espacio de mayor complejidad y participación, o una síntesis que anula el conflicto legítimo?
Lecciones para el presente
En un momento en que las democracias de todo el mundo —también las latinoamericanas— experimentan una polarización creciente, la historia de estos movimientos ofrece materiales de reflexión valiosos.
Primero: la identidad política no tiene por qué ser una posición en un espectro lineal. Puede ser una constelación de valores que no se ordenan en una sola dimensión.
Segundo: las culturas políticas no europeas no son versiones imperfectas de la política occidental. Contienen categorías propias que merecen ser tomadas en serio como aportaciones originales al pensamiento político universal.
Tercero: el rechazo de la dicotomía no es suficiente. Hace falta construir algo en ese espacio ganado. La terceridad vacía se convierte rápidamente en el recipiente donde se cuela el autoritarismo.
América Latina ha sido, durante más de un siglo, un laboratorio político de una riqueza excepcional. Sus experimentos de terceridad —con sus luces y sus sombras— nos recuerdan que el mapa del pensamiento político es mucho más ancho que el corredor entre dos escaños. Explorar ese territorio sigue siendo una tarea urgente.