Personajes sin veredicto: la nueva dramaturgia moral de la ficción televisiva española
Photo: Ianaré Sévi, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons
Durante décadas, la televisión española nos entrenó para saber, en los primeros minutos de cualquier ficción, quién merecía nuestra simpatía y quién nuestra reprobación. Los códigos eran claros, casi pedagógicos: el protagonista tenía defectos pintorescos pero un corazón en el lugar correcto; el antagonista, motivaciones que en algún momento se revelarían como pura maldad o pura codicia. Era un contrato implícito entre el relato y el espectador, y durante mucho tiempo funcionó.
Hoy ese contrato se ha roto. Y la ruptura no ha sido accidental.
El agotamiento del binomio
La expansión de las plataformas de streaming, la influencia de la serialidad anglosajona y, sobre todo, el cambio en las expectativas de una audiencia más formada y más escéptica han confluido para hacer insostenible la moral binaria en la ficción televisiva española contemporánea. El espectador actual no solo tolera la ambigüedad; la exige. Desconfía de los personajes sin contradicciones, igual que desconfía de los discursos políticos sin matices.
Pero sería un error atribuir este fenómeno exclusivamente a influencias externas. La ficción española tiene sus propias razones históricas para explorar la zona gris. Un país que lleva décadas negociando con su memoria colectiva —la transición, el franquismo, los años del terrorismo, la corrupción sistémica— ha generado una cultura narrativa que sabe, por experiencia propia, que los relatos demasiado limpios suelen ocultar algo.
Tres casos para pensar
Análisis de algunas producciones recientes permite ilustrar con precisión este giro dramaturúgico.
'Hierro' (Movistar+, desde 2019) sitúa a su protagonista, la jueza Candela, en una isla canaria donde la ley formal y la justicia real no siempre coinciden. Lo que hace la serie con este personaje es particularmente sofisticado: Candela no es una heroína que dobla las reglas por causas nobles ni una funcionaria corrupta que las ignora por interés propio. Es alguien que habita permanentemente la tensión entre ambas posibilidades, tomando decisiones que el espectador no puede aplaudir sin reservas ni condenar sin culpa. La isla, ese espacio geográficamente aislado, funciona como metáfora de un dilema moral sin salida fácil.
'Vida perfecta' (Movistar+, desde 2019), la serie creada por Leticia Dolera, propone algo distinto pero igualmente perturbador: personajes que hacen daño sin ser malvados, que toman decisiones egoístas desde lugares de vulnerabilidad genuina. La serie se niega a absolver a sus protagonistas de las consecuencias de sus actos, pero también se niega a presentarlos como ejemplos de lo que no se debe ser. El resultado es una incomodidad productiva: el espectador se reconoce en ellos precisamente cuando más quisiera distanciarse.
'Apagón' (HBO Max, 2022), la miniserie docudrama sobre un hipotético colapso energético en España, va más lejos al disolver la frontera entre personajes y argumentos. Cada episodio es dirigido por un realizador distinto y adopta una perspectiva ideológica diferente sobre las causas y consecuencias del mismo acontecimiento. No hay un narrador que arbitre entre versiones: el espectador debe construir su propia lectura a partir de relatos que se contradicen sin anularse mutuamente.
La tercera posición como propuesta ética
Lo que estas series comparten no es un estilo ni un género, sino una postura epistemológica: la convicción de que los relatos más honestos son los que se resisten a emitir sentencias definitivas. Esto no equivale a relativismo moral —ninguna de estas producciones sugiere que todas las acciones sean igualmente válidas— sino a algo más exigente: la propuesta de que el juicio moral requiere más información, más contexto y más humildad de la que el formato tradicional del héroe y el villano puede ofrecer.
En términos filosóficos, podríamos hablar de una ficción que opera desde la terceridad: no como negación de los polos (el bien y el mal, el culpable y el inocente, el sistema y el individuo), sino como reconocimiento de que entre ellos existe un espacio habitado por la mayoría de las decisiones humanas reales. Un espacio que la narrativa televisiva española está aprendiendo, con creciente sofisticación, a cartografiar.
El riesgo de la ambigüedad como moda
Conviene, sin embargo, no idealizar el fenómeno sin matices. La complejidad moral puede convertirse en un recurso estético vacío cuando se aplica sin rigor dramático. Un personaje que hace cosas malas y cosas buenas en proporciones similares no es necesariamente un personaje complejo: puede ser simplemente un personaje inconsistente. La ambigüedad genuina requiere que las contradicciones del personaje estén enraizadas en una lógica interna comprensible, que sus decisiones sean simultáneamente sorprendentes e inevitables.
No todas las producciones españolas recientes superan este umbral. Algunas utilizan la complejidad moral como coartada para evitar comprometerse con cualquier punto de vista, lo que produce una forma peculiar de cobardía narrativa disfrazada de sofisticación. La diferencia entre una serie que nos invita a pensar y una que simplemente elude el pensamiento no siempre es evidente en el primer visionado, pero se hace insostenible con el tiempo.
Lo que la audiencia está pidiendo
Detrás de este giro dramatúrgico hay una demanda cultural que merece ser tomada en serio. Una sociedad que ha visto cómo sus instituciones más respetadas —la monarquía, la Iglesia, los partidos políticos, el sistema financiero— han protagonizado escándalos que no encajan en ningún relato sencillo, ha desarrollado una desconfianza estructural hacia los relatos sencillos. La audiencia española no quiere que la televisión le diga quién es bueno y quién es malo: ya sabe que esa pregunta rara vez tiene una respuesta satisfactoria.
Lo que sí quiere —y lo que las mejores series españolas contemporáneas le están ofreciendo— es un espejo lo suficientemente honesto como para mostrar esa complejidad sin simplificarla. Un espejo que no absuelva ni condene, sino que invite a seguir mirando.
Esa invitación, en sí misma, es ya una forma de respeto.