El arte de desaparecer a medias: creadores españoles que eligen el margen como territorio propio
Photo: Envision Studio, CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons
En 2021, la escritora sevillana Inés Dorado publicó su segunda novela en una editorial de tirada reducida, rechazó las entrevistas en medios generalistas y desactivó su cuenta de Instagram el mismo día del lanzamiento. El libro vendió poco más de ochocientos ejemplares en el primer año. Fue, según ella misma, su proyecto más exitoso.
«Éxito para mí significa que la persona que lo lee lo necesitaba», explicó en el único podcast en el que aceptó participar, uno con menos de tres mil oyentes mensuales. «Si lo leen ochocientas personas que realmente lo necesitan, eso es infinitamente más valioso que cien mil lectores indiferentes».
Dorado no es un caso aislado. Forma parte de una corriente silenciosa pero perceptible dentro del ecosistema cultural español: la de los creadores que han decidido habitar deliberadamente el espacio entre la visibilidad masiva y el anonimato total. Ni estrellas ni fantasmas. Una tercera posición.
La tiranía de lo visible
Para entender este fenómeno hay que partir del contexto que lo genera. La industria cultural contemporánea, acelerada por las plataformas digitales y las redes sociales, ha convertido la visibilidad en un valor casi moral. Un artista que no tiene presencia online parece, en el imaginario dominante, un artista que no existe. El número de seguidores se ha convertido en moneda de cambio, en argumento de venta, en criterio de legitimidad.
Esta lógica no es exclusivamente española, pero en España tiene características propias. El mercado cultural es relativamente pequeño y muy concentrado geográficamente —Madrid y Barcelona absorben la mayor parte de la atención mediática—, lo que genera una presión adicional sobre los creadores para hacerse visibles dentro de circuitos muy concretos. Quien no entra en esos circuitos tiende a ser ignorado institucionalmente, lo cual puede interpretarse como fracaso o, para algunos, como una forma de libertad.
El margen como decisión, no como resignación
Lo que distingue a los artistas de los que hablamos aquí de quienes simplemente no han conseguido hacerse un hueco es precisamente la voluntad. No son creadores que aspiran al reconocimiento masivo y no lo obtienen. Son creadores que, habiendo tenido acceso a ciertos circuitos o habiendo evaluado sus posibilidades, deciden conscientemente no maximizar su exposición.
El músico madrileño Sergio Ontanilla lleva quince años publicando discos de composición propia bajo el sello que él mismo gestiona. Sus trabajos han recibido críticas elogiosas en publicaciones especializadas, y al menos en dos ocasiones ha sido contactado por sellos de mayor proyección. Declinó ambas ofertas.
«No es que me dé miedo el éxito», matiza cuando se le pregunta. «Es que el tipo de visibilidad que me ofrecían implicaba un tipo de producción que no me interesa. Grabar más rápido, sonar más accesible, estar más disponible. Prefiero hacer las cosas a mi ritmo y que lleguen a quienes les lleguen».
Ontanilla actúa en salas de menos de doscientas personas, vende sus discos principalmente en conciertos y a través de una lista de correo que gestiona personalmente. No tiene mánager. Tiene, según dice, exactamente la carrera que quería.
La invisibilidad como práctica estética
Para algunos de estos creadores, la posición marginal no es solo una decisión logística sino una elección estética con consecuencias formales sobre el propio trabajo. La artista visual barcelonesa Marta Solà, cuya práctica se mueve entre la instalación y la fotografía, lleva años explorando precisamente la tensión entre presencia y desaparición.
«Mis obras hablan de lo que no se ve, de lo que está a punto de desaparecer o de lo que acaba de aparecer sin que nadie se haya dado cuenta todavía», explica. «Sería bastante incoherente hacerlas desde una plataforma diseñada para captar la atención máxima en el mínimo tiempo posible».
Solà expone en espacios alternativos, participa en residencias fuera de los grandes circuitos comerciales y ha publicado dos libros de artista en ediciones de menos de cien ejemplares numerados a mano. Su trabajo es conocido y respetado dentro de ciertos ámbitos de la escena artística contemporánea española, pero sería invisible para cualquier algoritmo que mida el éxito en términos de alcance.
Esta coherencia entre posición y práctica es, quizás, lo más llamativo del fenómeno. No se trata de artistas que hablan de la marginalidad desde la comodidad del centro, sino de creadores que han construido una relación auténtica entre lo que hacen y cómo lo hacen circular.
La economía de lo suficiente
Una pregunta inevitable surge al examinar estas trayectorias: ¿cómo se sostienen económicamente? La respuesta, en la mayoría de los casos, es compleja y revela una de las contradicciones más honestas de esta posición.
Muchos de estos artistas combinan su práctica creativa con trabajos que la financian parcialmente: docencia, encargos puntuales, colaboraciones en proyectos ajenos. Algunos han encontrado formas de monetizar su trabajo dentro de los circuitos pequeños que habitan, con mayor eficiencia de lo que podría parecer desde fuera. La economía de lo suficiente —ganar lo necesario para seguir haciendo lo que se quiere hacer— no es glamurosa, pero es funcional.
El escritor valenciano Tomàs Ferrer, que publica en catalán y castellano desde una pequeña editorial de Valencia, lo formula con claridad desconcertante: «Si maximizara mi visibilidad, quizás podría vivir exclusivamente de escribir. Pero escribiría otras cosas. Y esas otras cosas no me interesan tanto como las que escribo ahora. Así que prefiero escribir lo que quiero y tener otro trabajo».
Esta lógica choca frontalmente con el discurso dominante en la industria cultural, que presenta la profesionalización total —vivir únicamente del arte— como el objetivo último de cualquier creador. Para quienes han elegido el margen, esa narrativa es, simplemente, una trampa.
Un cuestionamiento más profundo
Lo que estos artistas plantean, más allá de sus trayectorias individuales, es una pregunta de fondo sobre los valores que organizan la cultura contemporánea. ¿Para qué sirve la visibilidad? ¿A quién beneficia? ¿Qué se pierde cuando el arte se optimiza para el alcance máximo?
En un momento en que el debate sobre la sostenibilidad de las industrias creativas ocupa cada vez más espacio público en España —con discusiones sobre el estatuto del artista, las condiciones laborales en el sector cultural, la precariedad estructural de los creadores—, la posición de estos artistas aporta una perspectiva incómoda pero necesaria: que quizás el problema no es solo cómo se distribuye la visibilidad, sino qué tipo de visibilidad se está distribuyendo y a qué precio.
Desaparecer a medias no es rendirse. Es, para algunos, la única forma honesta de seguir apareciendo.