Sin herencia ideológica: la generación española que construye su política desde cero
Hay una frase que se repite con frecuencia en conversaciones de bares, en hilos de Twitter y en reuniones familiares tensas: «Yo no soy de ningún partido». Pronunciada por alguien nacido entre 1981 y 1996, esta declaración rara vez es una señal de desinterés. Es, en muchos casos, un posicionamiento filosófico que merece ser analizado con detenimiento.
Los mileniales españoles han crecido entre dos grandes fracturas históricas: la Transición democrática que sus padres vivieron como promesa, y la crisis económica de 2008 que ellos experimentaron como traición. Entre esas dos realidades, ha emergido una generación que no se reconoce en los relatos heredados y que, lejos de rendirse al cinismo, está construyendo un imaginario político propio.
La herencia que no se quiere recibir
El sociólogo Víctor Pérez-Díaz describió en su momento la Transición española como un acto de «aprendizaje colectivo». Para los padres de los mileniales actuales, ese aprendizaje implicó elegir bando: socialistas o populares, progresistas o conservadores, federalistas o centralistas. El sistema bipartidista que dominó la política española durante décadas fue también un sistema de identidades cerradas.
Los hijos de esa generación, sin embargo, llegaron a la mayoría de edad justo cuando ese sistema comenzaba a resquebrajarse. El 15-M de 2011 no fue únicamente una protesta económica; fue también una impugnación del lenguaje político heredado. «No nos representan» era, antes que nada, una declaración sobre la insuficiencia de las categorías disponibles.
Desde entonces, el panorama se ha complicado y enriquecido en igual medida. La aparición de Podemos, Ciudadanos y, más tarde, Vox, no resolvió la fragmentación identitaria de los mileniales: en muchos casos, la profundizó. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas, el porcentaje de jóvenes españoles que se autodefinen ideológicamente en el centro del espectro político ha crecido de forma sostenida en la última década, pero ese «centro» esconde una diversidad interna que desafía cualquier simplificación.
Ni nostalgia ni ruptura: el tercer relato
Una de las características más llamativas de esta generación es su relación ambivalente con la tradición. No se trata de la ruptura radical que caracterizó a ciertas vanguardias del siglo XX, ni de la nostalgia conservadora que idealizaba un pasado homogéneo. Los mileniales españoles parecen más interesados en negociar con la herencia que en rechazarla o aceptarla en bloque.
Esto se observa con nitidez en el ámbito cultural. El éxito de proyectos como el flamenco fusionado de Rosalía —que bebe del pasado sin convertirse en museo— o la literatura de autores como Irene Solà, que trabaja con mitologías locales desde perspectivas contemporáneas, ilustra una sensibilidad generacional específica: la voluntad de apropiarse críticamente de lo propio.
Esta misma lógica se aplica a los valores sociales. Encuestas recientes del Instituto Nacional de Estadística y estudios académicos de la Universidad Complutense revelan que los jóvenes españoles de entre 25 y 40 años combinan posiciones que sus padres considerarían contradictorias: apoyan políticas redistributivas pero desconfían de las estructuras partidistas; defienden la diversidad identitaria pero reivindican vínculos comunitarios locales; abrazan el cosmopolitismo pero muestran interés creciente por lo artesanal y lo territorial.
El consumo como declaración política
Otro espacio donde se manifiesta esta terceridad generacional es el de las prácticas de consumo. El auge de los mercados de segunda mano, la economía colaborativa, el veganismo flexible o el turismo de proximidad no son fenómenos aislados: forman parte de un ecosistema de valores que rechaza tanto el consumismo desenfrenado heredado del boom económico como el ascetismo militante de ciertas corrientes ecologistas.
Plataformas como Wallapop, nacida en Barcelona y convertida en fenómeno nacional, o el crecimiento de las cooperativas de consumo en ciudades como Madrid, Sevilla y Bilbao, son síntomas de una búsqueda: la de formas de vida que no obliguen a elegir entre el mercado y la utopía.
La investigadora Cristina Almeida, especializada en comportamiento generacional, señala que «los mileniales españoles han desarrollado una sofisticada capacidad para vivir en la contradicción sin sentirse incoherentes. Eso no es cinismo; es pragmatismo filosófico».
La política del mientras tanto
Quizá el rasgo más definitorio de esta generación sea su desconfianza hacia las soluciones totales. Habiendo visto cómo los grandes proyectos ideológicos de sus padres —el socialismo felipista, el liberalismo aznarista— terminaron en decepción o escándalo, los mileniales españoles parecen haber desarrollado una epistemología política basada en la provisionalidad.
Esto no significa pasividad. El activismo climático, el feminismo interseccional, los movimientos por la vivienda o las iniciativas de democracia participativa a escala municipal son protagonizados en gran medida por esta generación. Pero se trata de un activismo que tiende a desconfiar de las vanguardias, que prefiere la red al partido, y que valora la reversibilidad sobre la certeza.
En términos filosóficos, podría decirse que esta generación ha interiorizado algo parecido a lo que Charles Sanders Peirce llamaba «falibilismo»: la conciencia de que ninguna verdad es definitiva y de que el conocimiento —también el político— avanza por aproximaciones sucesivas.
Construir sin plano
Lo que está haciendo la generación milenial española no tiene nombre todavía, y quizá eso sea parte de su naturaleza. No es una ideología, ni un movimiento, ni una escuela de pensamiento. Es, más bien, una actitud: la disposición a habitar el espacio entre las certezas heredadas y las incertidumbres del presente sin pretender resolverlas artificialmente.
En un país donde la memoria histórica sigue siendo un campo de batalla y donde las identidades territoriales generan tensiones permanentes, esta capacidad para sostener la complejidad sin colapsar en el dogma resulta, cuando menos, prometedora.
La tercera generación no ha encontrado aún su forma definitiva. Pero en esa búsqueda incompleta, en esa negativa a cerrar el paréntesis antes de tiempo, reside quizá su mayor aportación al debate político y cultural de nuestro tiempo.