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Creer sin dogma: el florecimiento de las espiritualidades sin iglesia en la España de hoy

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Creer sin dogma: el florecimiento de las espiritualidades sin iglesia en la España de hoy

Photo: Hervey, James, 1714-1758, No restrictions, via Wikimedia Commons

Hay una pregunta que los sociólogos llevan años esquivando con torpeza: ¿qué hace alguien cuando deja de ir a misa, pero tampoco encuentra suficiente consuelo en el materialismo científico? La respuesta, en la España del siglo XXI, es cada vez más visible y más compleja de lo que los titulares suelen admitir.

No se trata de agnósticos tibios ni de conversos al budismo tibetano. Se trata de algo más difuso, más genuino y, en cierto modo, más interesante: una generación —y en realidad varias— que ha decidido construir su propio sistema de significado fuera de las instituciones, sin por ello renunciar a la necesidad humana de trascendencia.

El vacío que dejó el catolicismo institucional

España fue, durante siglos, un país donde la identidad religiosa y la identidad nacional se confundían hasta resultar indistinguibles. El nacional-catolicismo del franquismo no inventó esa fusión, pero la consolidó con una eficacia brutal. Cuando esa estructura comenzó a desmoronarse con la Transición, y se aceleró su caída con las generaciones nacidas en democracia, lo que quedó no fue simplemente un vacío ideológico: fue un vacío existencial.

Según el Centro de Investigaciones Sociológicas, el porcentaje de españoles que se declaran católicos practicantes no ha dejado de descender durante las últimas tres décadas. Sin embargo, los que se definen como «no creyentes» o «ateos convencidos» no han crecido en proporción equivalente. En ese espacio intermedio —que las encuestas denominan con términos tan imprecisos como «indiferente» o «no practicante»— habita una mayoría silenciosa que no encaja en ninguno de los dos relatos dominantes.

Esa mayoría no ha abandonado la espiritualidad. Ha abandonado la institución.

El budismo como filosofía práctica, no como religión exótica

Uno de los fenómenos más llamativos de las últimas dos décadas en España es la expansión del budismo, pero no en su versión ceremonial o devocional, sino como herramienta de autoconocimiento y gestión del sufrimiento. Los centros de meditación vipassana llevan años registrando listas de espera en ciudades como Barcelona, Madrid o Valencia. Los retiros de silencio, impensables en la cultura mediterránea del ruido y la sociabilidad, se han convertido en una práctica buscada con entusiasmo.

Lo significativo no es que los españoles se estén «haciendo budistas» en el sentido doctrinal del término. Lo significativo es que están tomando del budismo lo que necesitan —la práctica de la atención plena, la filosofía de la impermanencia, la disciplina contemplativa— sin por ello abandonar su identidad cultural ni abrazar un nuevo dogma. Es un budismo occidental, tamizado, pragmático. Un budismo que no exige conversión, sino disposición.

Esta apropiación selectiva incomoda tanto a los guardianes de la tradición budista como a los racionalistas estrictos, que ven en ella una suerte de supermercado espiritual sin rigor. Pero quizás esa incomodidad sea precisamente la señal de que algo genuino está ocurriendo.

El ecologismo como nuevo horizonte de lo sagrado

Otra de las vías por las que los españoles contemporáneos canalizan su necesidad de trascendencia es el ecologismo entendido no solo como ideología política, sino como cosmovisión. La relación con la naturaleza —los bosques, el mar, la tierra— ha adquirido para muchos una dimensión que va más allá del activismo medioambiental o del disfrute del tiempo libre.

Esta espiritualidad verde tiene raíces antiguas en la cultura española. Las romerías, las fiestas patronales vinculadas a los ciclos agrícolas, la devoción popular a vírgenes y santos asociados a lugares naturales específicos: todo ello apuntaba ya a una sacralización del territorio que precede al cristianismo institucional. Lo que ocurre hoy es, en cierta medida, una reactivación de esa sensibilidad bajo nuevas formas.

Movimientos como el decrecimiento, el veganismo filosófico o las comunidades de vida rural intencional comparten una característica: proponen un reencantamiento del mundo frente a la desacralización que el capitalismo tardío ha impuesto sobre la experiencia cotidiana. No invocan a ningún dios, pero sí articulan una ética del cuidado, una noción de interdependencia y una práctica ritual —el huerto, el compostaje, el ayuno— que cumple funciones análogas a las de la religión tradicional.

Las prácticas contemplativas secularizadas: entre la terapia y el rito

El mindfulness, la meditación laica, el yoga despojado de su dimensión devocional, las terapias transpersonales: todas estas prácticas han experimentado un crecimiento exponencial en España durante los últimos quince años. Su presencia en empresas, hospitales, colegios y consultas psicológicas las ha legitimado ante un público que habría rechazado cualquier etiqueta religiosa.

Y, sin embargo, algo en ellas trasciende la mera técnica de gestión del estrés. Quienes las practican con regularidad describen experiencias que se parecen mucho a lo que las tradiciones religiosas denominan recogimiento, contemplación o presencia. La frontera entre la salud mental y la vida espiritual se vuelve, en ese espacio, genuinamente porosa.

Esta porosidad es precisamente lo que hace incómoda a la espiritualidad laica para los marcos interpretativos dominantes. Ni la psicología clínica ni la teología saben muy bien qué hacer con ella. Eso, paradójicamente, puede ser su mayor virtud.

La tercera posición: ni herederos ni iconoclastas

Lo que une todas estas corrientes es una negativa a elegir entre los dos relatos que la modernidad española ha ofrecido durante décadas: el del catolicismo como identidad irrenunciable o el del ateísmo como signo de emancipación intelectual. Ambos relatos comparten, en el fondo, una misma lógica binaria: o crees o no crees, o estás dentro o estás fuera.

La espiritualidad laica que florece hoy en España propone algo más difícil y más honesto: que la pregunta por el sentido no tiene respuesta institucional satisfactoria, y que eso no es un problema a resolver sino una condición a habitar. Que es posible practicar el recogimiento sin afiliación, buscar la trascendencia sin doctrina, y construir comunidad en torno a valores compartidos sin necesidad de un catecismo.

Esta posición no es, como a veces se la caricaturiza, un mero eclecticismo consumista. Es, en muchos casos, el resultado de una búsqueda seria y sostenida. Una búsqueda que merece ser tomada en serio, también desde la reflexión intelectual y cultural.

El sentido como práctica cotidiana

Quizás la aportación más relevante de estas espiritualidades emergentes sea su insistencia en que el sentido no se recibe, sino que se construye; no se hereda, sino que se practica. En un país que durante mucho tiempo delegó las preguntas últimas en una institución —la Iglesia— y que luego confió en que la prosperidad material las disolvería por sí sola, esa insistencia tiene algo de subversivo.

La España contemporánea está aprendiendo, con más o menos torpeza, a vivir en la pregunta. A no cerrar demasiado rápido los interrogantes sobre la muerte, el dolor, la comunidad o el propósito. A buscar, en definitiva, ese tercer espacio donde ni el dogma ni el cinismo tienen la última palabra.

Eso, en sí mismo, ya es un acto filosófico de cierta envergadura.

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