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Los nietos del exilio: identidades suspendidas entre dos mundos que nunca fueron del todo suyos

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Los nietos del exilio: identidades suspendidas entre dos mundos que nunca fueron del todo suyos

Photo: multigenerational family Spanish heritage immigration identity, via www.heritagetours.com

Hay una fotografía que Lucía Fernández Ramos guarda en el móvil y que enseña cada vez que alguien le pregunta de dónde es. En ella aparece su abuela —emigrada a Argentina en 1962 desde un pueblo de Galicia— frente al puerto de Buenos Aires, con una maleta de cartón y una expresión que mezcla miedo y determinación. Lucía tiene treinta y dos años, nació en Rosario y lleva tres viviendo en Vigo. «Cuando llegué aquí», dice, «pensé que volvía. Tardé semanas en entender que en realidad llegaba por primera vez».

Esta paradoja —regresar a un lugar al que nunca se perteneció del todo— define la experiencia de miles de descendientes de emigrantes españoles que en las últimas dos décadas han establecido vínculos renovados con España, ya sea mediante el retorno definitivo, las estancias prolongadas o las dobles nacionalidades activamente habitadas. Son la tercera generación: los nietos.

El peso de una herencia que no se eligió

La emigración española del siglo XX fue masiva y dolorosa. Entre 1950 y 1975, más de dos millones de españoles abandonaron el país en busca de trabajo o huyendo de la dictadura. Se instalaron en América Latina —Argentina, Venezuela, México, Brasil—, en Europa occidental y en lugares tan remotos como Australia. Construyeron comunidades, mantuvieron el idioma, transmitieron recetas, canciones y un sentido difuso de la añoranza que se fue diluyendo con las generaciones.

Sus hijos —la segunda generación— vivieron ya plenamente integrados en los países de acogida, aunque con un apellido que sonaba extranjero y una abuela que lloraba viendo el mar. Pero son los nietos quienes protagonizan hoy un fenómeno que los sociólogos llaman «retorno diferido» y que va mucho más allá de la simple migración económica.

Muchos de ellos llegaron a España durante la bonanza económica de los años 2000 al amparo de la Ley de Nietos, que permitía recuperar la nacionalidad española. Otros llegaron más tarde, empujados por las crisis de sus países de origen o atraídos por una idea de Europa construida sobre relatos familiares. Lo que encontraron fue, invariablemente, más complejo que lo que esperaban.

Ni turistas ni nativos: la tercera posición

En Terceridad, entendemos que entre dos polos existe siempre un tercer espacio, a menudo más fértil e interesante que cualquiera de los extremos. La experiencia de estos descendientes encarna esa idea con una intensidad casi literal.

No son inmigrantes en el sentido clásico: hablan el idioma —o al menos una variante de él—, tienen documentación española y cargan con una herencia cultural que los vincula afectivamente al territorio. Pero tampoco son «de aquí» en el sentido que los locales reconocen: su acento delata otros horizontes, sus referencias culturales son híbridas, su relación con las instituciones y los rituales cotidianos está mediada por la extrañeza.

«Me llaman el argentino en el trabajo, pero cuando vuelvo a Rosario me llaman el gallego», cuenta Martín Iglesias Pereyra, diseñador gráfico instalado en Madrid desde 2019. «Al principio me molestaba. Ahora lo entiendo como una descripción bastante precisa de lo que soy».

Esta doble extrañeza, lejos de ser únicamente una fuente de malestar, puede convertirse en una ventaja cognitiva y emocional. Quienes habitan los márgenes de dos culturas desarrollan una capacidad especial para leer los contextos, para traducir no solo palabras sino sensibilidades, para identificar los puntos ciegos que los nativos de cada orilla no pueden ver.

La memoria prestada y el duelo imposible

Uno de los fenómenos más complejos que atraviesan estos individuos es lo que la psicología transcultural denomina «duelo migratorio de segunda o tercera generación»: el proceso de elaborar una pérdida que no fue propia pero que se ha heredado emocionalmente.

Los nietos de emigrantes crecieron escuchando historias de un lugar que sus mayores describían con una mezcla de amor y resentimiento. España era, simultáneamente, el paraíso perdido y el país que los expulsó. Esa ambivalencia se transmite y se asienta en la identidad de los descendientes como una especie de nostalgia de segunda mano: el anhelo de algo que nunca se tuvo pero que se siente, de algún modo, propio.

Cuando llegan a España y descubren que ese lugar no corresponde exactamente al relato heredado —que Galicia ha cambiado, que los pueblos se han vaciado, que la gente no habla como la abuela—, experimentan una pérdida peculiar: la del mito. Y sin embargo, en ese desajuste, muchos encuentran algo inesperado: la libertad de construir su propia relación con el territorio, sin la carga de las expectativas ajenas.

Nuevas formas de pertenencia

Lo que está surgiendo de estas experiencias no es asimilación ni rechazo, sino algo más interesante: la creación de identidades porosas, capaces de contener contradicciones sin resolverlas. Una generación que no necesita elegir entre ser argentina o española, venezolana o española, mexicana o española, porque ha aprendido —a veces a la fuerza— que la pertenencia no es una propiedad binaria.

Esta actitud tiene consecuencias culturales tangibles. En ciudades como Madrid, Barcelona o Vigo han florecido espacios —bares, editoriales pequeñas, colectivos artísticos, grupos de WhatsApp que derivan en comunidades reales— donde esta tercera identidad se practica y se negocia colectivamente. No son centros de emigrantes al uso, sino laboratorios de una nueva forma de entender lo español: más ancha, más contradictoria, más rica.

La investigadora Carmen Valdeón, especializada en migraciones transnacionales en la Universidad de Salamanca, lo describe con precisión: «Lo que estamos viendo no es un retorno, en sentido estricto. Es la aparición de un nuevo sujeto cultural que no existía antes, y que no cabe en las categorías que usábamos para pensar la migración».

El mapa que falta

España, como sociedad, no ha terminado de prepararse para recibir a estos descendientes con la complejidad que merecen. Las políticas migratorias los tratan como ciudadanos plenos —lo son, jurídicamente—, pero los imaginarios culturales dominantes siguen operando con una idea monolítica de la identidad nacional que deja poco espacio para la ambigüedad fértil que estos individuos encarnan.

Los nietos del exilio no piden que se les resuelva la contradicción. Piden, en todo caso, que se les reconozca el derecho a habitarla. A ser de aquí y de allá, o de ningún sitio del todo, sin que eso se interprete como una carencia sino como una forma particular —y cada vez más necesaria— de estar en el mundo.

La fotografía de la abuela en el puerto de Buenos Aires sigue en el móvil de Lucía. Pero ahora, dice, la mira de otra manera. Ya no como el origen de una historia de pérdida, sino como el primer fotograma de algo que todavía no ha terminado de escribirse.

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