El regreso imposible: cuando España es un país heredado que nunca se habitó del todo
Photo: Dietmar Rabich, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay una palabra en inglés que no tiene traducción exacta al castellano: homesickness. La nostalgia por un hogar. Pero ¿qué ocurre cuando el hogar por el que se siente nostalgia es un lugar en el que nunca se vivió? ¿Cuando la añoranza es prestada, heredada de padres o abuelos que hablaban de España con una emoción que el hijo o el nieto nunca pudo experimentar en primera persona?
Esta es la pregunta que define la experiencia de los llamados returnados: españoles nacidos fuera de España —en Argentina, en México, en Alemania, en Francia, en Venezuela— que en algún momento de sus vidas emprenden el camino de vuelta a un país que, en rigor, nunca fue el suyo del todo. No son exactamente inmigrantes, porque llevan un apellido español y tal vez un pasaporte. Pero tampoco son exactamente españoles, porque su formación, sus afectos y sus marcos de referencia se construyeron en otro lugar.
Son, en el sentido más preciso del término, personas de un tercer espacio.
La nostalgia de segunda mano
El primer elemento que define a los returnados es esa nostalgia heredada que mencionábamos: una emoción genuina hacia un lugar que se conoce principalmente a través del relato ajeno. Los hijos de los exiliados republicanos criados en México escucharon hablar de Salamanca, de Valencia, de Galicia, como de lugares casi míticos. España era, en esas familias, una herida abierta y también una promesa. El regreso, cuando llegaba, solía ser desconcertante: la España real raramente coincidía con la España narrada.
Este fenómeno no es exclusivo del exilio político. Los hijos de los emigrantes económicos de los años sesenta y setenta —los que crecieron en Suiza, en Bélgica, en Alemania— vivieron versiones similares de esta disonancia. Sus padres conservaban una imagen de España que correspondía al país que habían dejado, no al que había evolucionado en su ausencia. Cuando los hijos llegaban a España, se encontraban con que la nostalgia familiar los había preparado para un país que ya no existía.
El acento como frontera
Una de las experiencias más comunes entre los returnados es la del acento. El castellano con inflexión argentina, el español con cadencia venezolana, el idioma aprendido en un hogar donde convivían dos culturas: todos estos matices se convierten, en España, en marcadores de diferencia. El acento delata al recién llegado incluso cuando el recién llegado siente que está volviendo a casa.
Esta experiencia tiene consecuencias psicológicas profundas. La identidad lingüística es una de las más íntimas que existen: el modo en que uno habla está ligado a quién uno es. Cuando ese modo de hablar es leído como extranjero en el lugar que se supone propio, se produce una fractura difícil de reparar. Muchos returnados describen el esfuerzo consciente de modular su acento, de eliminar palabras o expresiones del país donde crecieron, como una forma de traición a sí mismos.
El resultado es una persona que habla en dos registros: el de casa y el de la calle. Una negociación permanente entre la autenticidad y la adaptación.
Ni de aquí ni de allá: la trampa de la doble pertenencia
Lo que hace especialmente compleja la situación de los returnados es que su extrañeza en España no se resuelve con un retorno al país donde crecieron. Quienes vuelven a Argentina o a México después de haber vivido años en España descubren que tampoco encajan del todo: ahora son los que se fueron, los que tienen acento español, los que hacen referencias culturales que sus amigos de la infancia no comparten.
Esta doble exclusión es lo que distingue la experiencia del returnado de la del inmigrante convencional. El inmigrante tiene, al menos en teoría, un lugar de origen al que puede pertenecer plenamente. El returnado descubre que ese lugar tampoco es completamente suyo. Ha quedado atrapado en un espacio intermedio que no figura en ningún mapa identitario oficial.
Algunos psicólogos y sociólogos han comenzado a estudiar este fenómeno bajo el concepto de identidad transnacional, pero la etiqueta académica no siempre captura la dimensión existencial de la experiencia. No se trata simplemente de tener raíces en dos países: se trata de sentir que ninguno de los dos te reclama del todo.
España como concepto y como realidad
Hay algo particularmente revelador en la relación que los returnados establecen con España como idea. Para muchos de ellos, España fue durante años un concepto antes de ser una experiencia: el país de los abuelos, el lugar de donde venía el apellido, la tierra que aparecía en las canciones que cantaba la familia en Nochebuena. Ese concepto tenía una densidad emocional enorme.
La España real —con su burocracia, sus tensiones territoriales, su cultura contemporánea, sus códigos sociales específicos— resulta inevitablemente más prosaica que el concepto. Y sin embargo, es también más rica, más compleja, más viva. El returnado que logra superar la decepción inicial suele descubrir que la España real le ofrece algo que el concepto nunca pudo: la posibilidad de construir una relación genuina, no heredada.
Pero ese proceso de construcción es largo y doloroso. Exige renunciar a la España imaginada sin por eso negar el valor de haberla imaginado.
Una identidad que no pide permiso
Lo que emerge de todo esto no es una historia de fracaso identitario, sino de una forma particular de ser en el mundo. Los returnados que logran habitar con dignidad su posición liminal no lo hacen resolviendo la tensión entre sus dos pertenencias, sino aprendiendo a vivir productivamente dentro de ella.
Esa posición tiene ventajas que raramente se mencionan: una capacidad especial para ver lo que los nativos dan por supuesto, una sensibilidad hacia los matices culturales que solo se desarrolla cuando uno ha tenido que aprenderlos conscientemente, una libertad respecto a los dogmas identitarios que afecta a quienes nunca han cuestionado el lugar donde nacieron.
Ser profundamente español y profundamente extranjero al mismo tiempo no es una contradicción que deba resolverse. Es una forma de existencia que produce una mirada singular sobre el mundo: la mirada de quien sabe, por experiencia propia, que entre el aquí y el allá siempre existe un tercer lugar. Y que ese tercer lugar, aunque incómodo, es también el más honesto.