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La voz que habita dos casas: cuando el bilingüismo forja una identidad que no cabe en ninguna sola lengua

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La voz que habita dos casas: cuando el bilingüismo forja una identidad que no cabe en ninguna sola lengua

Hay una pregunta que Marta Salvat, traductora literaria nacida en Tarragona y residente en Barcelona desde hace veinte años, se ha hecho muchas veces sin llegar a una respuesta definitiva: ¿en qué lengua sueña? La respuesta, confiesa, depende del sueño. Cuando sueña con su infancia, lo hace en catalán. Cuando discute en sueños, a menudo el castellano toma el relevo. Y cuando escribe en el duermevela esas frases que luego no recuerda del todo, mezcla ambas sin advertirlo. «No es que no sepa quién soy», dice. «Es que soy las dos cosas a la vez, y también una tercera cosa que no tiene nombre todavía».

Esa tercera cosa es, precisamente, lo que este artículo intenta nombrar.

Más allá del bilingüismo como habilidad técnica

Durante décadas, el debate público sobre las lenguas cooficiales en España ha oscilado entre dos polos bien conocidos: la defensa de la lengua propia como bastión identitario, por un lado, y la reivindicación del castellano como lengua común e igualadora, por el otro. Ambas posiciones tienen su lógica, sus argumentos y sus defensores apasionados. Pero existe un tercer plano que rara vez aparece en los titulares: el de las personas que viven cotidianamente en la intersección de esas lenguas y que, lejos de sufrir una crisis de identidad, han desarrollado una forma de percibir y procesar la realidad que es cualitativamente distinta.

Los lingüistas llaman a esto competencia multilingüe, pero el término técnico no captura del todo la dimensión existencial del fenómeno. Hablar dos lenguas con fluidez no es simplemente tener dos herramientas intercambiables: es tener acceso a dos arquitecturas cognitivas distintas, dos maneras de recortar el mundo, dos gramáticas del tiempo, la emoción y la relación con los otros.

El emocional y el conceptual: lenguas que no se superponen

Mireia Puig, profesora de filosofía en un instituto de Vic, lo explica con una precisión que ella misma atribuye a su condición bilingüe: «El catalán es la lengua en la que pienso cuando algo me duele. El castellano es la lengua en la que lo analizo después. No es que uno sea más íntimo que el otro: es que hacen cosas distintas en mí».

Esta disociación funcional entre lenguas no es anecdótica. Investigaciones en psicolingüística han mostrado que los hablantes bilingües procesan las emociones de manera diferente según la lengua que emplean. La llamada distancia emocional de la segunda lengua —ese ligero extrañamiento que produce hablar de sentimientos profundos en un idioma adquirido más tarde— puede, paradójicamente, facilitar una reflexión más serena sobre experiencias traumáticas. Pero en el caso de quienes crecen simultáneamente en dos lenguas, como ocurre en gran parte de Cataluña, el País Vasco, Galicia o Valencia, esa jerarquía emocional no siempre se corresponde con el orden de adquisición: depende de los contextos, de las personas con quienes se habló, de los libros que se leyeron.

El resultado es una cartografía emocional que no se puede trazar con un solo idioma.

El escritor ante la página en blanco (y en dos colores)

Jon Arretxe, escritor vasco que publica en euskera y en castellano, describe su proceso creativo como una negociación permanente entre dos sensibilidades. «El euskera me obliga a pensar de otra manera porque su estructura sintáctica es radicalmente distinta. Cuando escribo en castellano, a veces noto que estoy traduciendo no palabras, sino formas de ver. Y en ese espacio de traducción, aparece algo que no existía en ninguna de las dos lenguas originales».

Esa aparición de algo nuevo en el espacio entre lenguas es, quizás, la mejor descripción posible de lo que aquí llamamos tercera identidad lingüística. No es una síntesis que borra las diferencias, ni una elección que impone una jerarquía. Es un territorio propio que solo existe para quien ha aprendido a moverse entre dos sistemas sin renunciar a ninguno.

La escritora gallega Ledicia Costas, que alterna el gallego y el castellano tanto en su obra como en su vida cotidiana, lo formula de manera más poética: «Tengo palabras en gallego que no tienen equivalente en castellano, y cuando las pienso, pienso cosas que no podría pensar de otra manera. Eso no me hace gallega en lugar de española: me hace algo más difícil de etiquetar, y me parece bien».

El código alternado como gramática propia

En los bares, en los grupos de WhatsApp, en las reuniones familiares de muchas ciudades españolas, existe una práctica que los lingüistas denominan code-switching: el cambio de lengua dentro de una misma conversación, a veces dentro de una misma frase. Durante mucho tiempo, esta práctica fue vista con condescendencia desde ambos lados del debate lingüístico: los defensores del catalán o del euskera la interpretaban como una contaminación del castellano; los defensores del monolingüismo castellano la veían como un síntoma de confusión o falta de rigor.

Sin embargo, la investigación lingüística contemporánea ha rehabilitado el code-switching como una práctica sofisticada que no revela incompetencia, sino dominio. Cambiar de lengua en el momento preciso, elegir la palabra de un idioma cuando el otro no alcanza, construir una frase que toma prestada la sintaxis de uno y el léxico del otro: todo eso requiere un control lingüístico muy fino y, además, produce significados que ninguna de las dos lenguas podría generar por separado.

En cierto sentido, el hablante que alterna lenguas está creando, en tiempo real, una tercera lengua que no tiene academia ni diccionario, pero que tiene hablantes nativos.

La identidad que incomoda a los mapas

El problema, si es que puede llamarse así, es que esta tercera identidad lingüística resulta políticamente incómoda. En un contexto como el español, donde las lenguas están cargadas de significado político e identitario, la persona que no elige —que no se declara ni castellanohablante puro ni defensor militante de la lengua propia— queda fuera de los relatos disponibles.

Y sin embargo, esa persona existe en millones de variantes. Existe en el funcionario valenciano que trabaja en castellano, habla en valenciano con su madre y mezcla ambas lenguas con sus amigos. Existe en la estudiante universitaria de Bilbao que escribe sus apuntes en castellano y piensa sus emociones en euskera. Existe en el periodista barcelonés que redacta en catalán pero hace sus chistes en castellano porque, dice, «los chistes me salen mejor en castellano, no sé por qué».

Todos ellos habitan ese tercer espacio que no aparece en las encuestas sobre identidad lingüística, que no tiene partido político ni bandera, pero que es, quizás, la forma más honesta y más rica de vivir la pluralidad lingüística de España.

Una capacidad, no un déficit

Lo que estas voces sugieren, en conjunto, es que el bilingüismo emocional no es una condición de tránsito hacia una identidad más resuelta. No es el estado provisional de quien todavía no ha decidido a qué lado pertenece. Es, en sí mismo, una forma de ser en el mundo: más matizada, más consciente de la arbitrariedad del lenguaje, más capaz de entender que las palabras no son neutras y que elegir una u otra es siempre, también, elegir una manera de ver.

Marta Salvat, la traductora con la que comenzamos este recorrido, lo resume con la precisión que da el oficio: «Traducir me enseñó que entre dos lenguas siempre hay algo que se pierde. Pero vivir en dos lenguas me enseñó que entre ellas también hay algo que se crea. Ese algo es mío».

Ese algo, innombrable y fértil, es la terceridad lingüística. Y en España, hay millones de personas que lo hablan con fluidez.

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